Carlos Rendueles, sobre el Deporte y sobre el Cuerpo

Carlos Rendueles ,
0 Universidad Complutense de Madrid

Resumen

Se presentan una reflexiones de César Rendueles, autor de “Sociofobia”, sobre la cultura y el deporte, y tmabién sobre como la cultura como campo social e industrial debería de aprender muchas cosas del deporte. También del mismo autor alguna de sus ideas sobre la belleza como recurso humano, y su relación con la capitalización del cuerpo y de los erótico.

Palabras Clave: deporte, cultura, Cuerpo, belleza, erótico

Abstract

A reflection by César Rendueles, author of "Sociophobia", on culture and sports, and also on how culture as a social and industrial field should learn many things about sport are presented. Also from the same author some of his ideas about beauty as a human resource, and its relationship with the capitalization of the body and the erotic.

Keywords: sport, culture, body, beauty, erotic

Más Deporte y Menos Cultura: Acerca del Documento “La Cultura que Podemos”

César  Rendueles
Universidad Complutense de Madrid

En las dos últimas décadas, al socaire de la especulación inmobiliaria, surgió en España una importante burbuja cultural de museos, centros de arte, festivales y galerías que, a su vez, propició una cierta inflación discursiva en torno a las políticas culturales. Se trata de teorías culturales sofisticadas, sinceramente preocupadas por la democratización de la cultura pero, de hecho, inservibles para interpelar a la mayoría de la gente. Sobre todo, son discursos puramente desiderativos, incapaces de suyo de traducirse en iniciativas prácticas definidas. Su lema bien podría ser, como sugería hace años José Guirao, “todo para el público pero sin el público y con dinero público”.

Me permito el sarcasmo porque yo mismo he contribuido modestamente a esta situación. De hecho, no creo que hayan sido reflexiones triviales o malintencionadas. Muy al contrario. Han tratado de analizar cuestiones importantes, como la producción cultural colaborativa, la mediación cultural no burocrática, la participación ciudadana o la financiación no clientelar. Pero lo honesto es reconocer que todas esas discusiones han desembocado en callejones sin salida pragmáticos. 
    
Esa es la herencia que explica las limitaciones del documento La Cultura que Podemos. Se trata de un escrito inteligente, sensato y riguroso que, sin embargo, se limita a enunciar deseos piadosos muy poco conflictivos. No me cabe la menor duda de que muchos gestores culturales afines al Régimen del 78 se sienten sinceramente identificados con lo que en él se propone. No es, de ninguna manera, un reproche. No se me ocurre ninguna forma mejor de redactar un documento programático de esas características. Las políticas culturales están varadas en una bajamar consensual de la que parece imposible escapar.

El problema de fondo es que el discurso cultural crítico ha sido asimilado por la ideología dominante en un sentido que no siempre se entiende. Muchos agentes culturales denuncian los intentos más groseros por mercantilizar la cultura, por transformar a los productores y los mediadores en empresarios y al público en consumidor. En realidad, esa es una estrategia puramente destructiva ideada por personas con un rencor profundo hacia los procesos de ilustración y cuyo ideal artístico es una capea (se me viene a la cabeza, yo que sé, Lucía Figar). Es una posición nihilista por la sencilla razón de que la cultura es una mierda como mercancía, como sabe cualquier que haya tenido que buscar dinero para pagarla. De hecho, creo que no es exagerado decir que no existe ninguna industria cultural (sí existe, en cambio, una vigorosa industria del entretenimiento).

Lo que ha ocurrido es más bien lo contrario: el mercado en general y el laboral en particular ha asumido con entusiasmo los discursos críticos procedentes de la cultura. Los ganadores del capitalismo desregulado han construido un discurso muy poderoso que apela a la creatividad, la reinvención personal, las dimensiones relacionales y colaborativas del trabajo… La ideología de la precarización es asombrosamente afín a los discursos culturales dominantes. El resultado no ha sido tanto la mercantilización crasa –en realidad, en España durante unos pocos años hubo algo de dinero gratis para proyectos culturales caprichosos– como la desactivación de los discursos culturales críticos.

La única salida que se me ocurre a este impasse es invertir los términos del debate y tomar como punto de partida las pocas cosas que funcionan como deberían. Lo más parecido que conozco a lo que tendría que ser un centro cultural, un museo de arte o una sala de conciertos es la cancha cochambrosa, la biblioteca y el parque infantil que hay en mi barrio. Los dos primeros están abarrotados siete días a la semana desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche y tienen un fuerte grado de autoorganización mediada institucionalmente. Por la pista de fútbol pasan alumnos del colegio de al lado en su clase de gimnasia, liguillas municipales, celebraciones de cumpleaños, niños pequeños que la atraviesan en bicicleta y hacen guerras de pedradas, adolescentes que alternan el fútbol con los porros y el botellón, cuarentones aficionados al baloncesto… Y lo mismo ocurre en la biblioteca. A las nueve de la mañana de cualquier sábado hay una cola que da la vuelta a la manzana. Está lleno de estudiantes que empollan y aprovechan los descansos para ligar, pero también de niños que van a cuentacuentos organizado por algunos padres, de jubilados, de aficionados a la poesía que acuden a los recitales, de personas sin recursos que van allá a leer el periódico en un lugar caliente y consultar internet…

Me parece esencial que el mundo de la cultura aprenda del deporte, donde el amateurismo, la autoorganización y la participación popular masiva son realidades consolidadas. Los debates culturales están completamente dominados por los profesionales del sector –reales o aspiracionales– y, en cambio, no suelen tener en cuenta la cultura amateur, que es extremadamente importante. Sobre todo, se confunden las demandas profesionales legítimas con los criterios de interés general que deberían guiar las políticas culturales públicas. Por ejemplo, discutimos sobre las fuentes de remuneración de los músicos profesionales en la era digital, pero no sobre locales gratuitos donde los aficionados puedan ensayar, estudios públicos donde puedan grabar sus canciones o escuelas de música popular donde aprender a tocar un instrumento.

De hecho, durante años se ha despreciado los poquísimos lugares de socialización cultural que perseveran como residuos anticuados que, si querían sobrevivir, debían adaptarse al tsunami tecnológico y gafapasta. Las bibliotecas, por ejemplo, han sufrido una intensa presión para que abandonen su actividad tradicional –sedimentada con éxito a lo largo de veinticinco siglos– y se conviertan en mediatecas desiertas. En general, la política cultural hegemónica ha consistido en crear carísimos cubos vacíos de marca arquitectónica y pretender que en su interior iban a crecer las prácticas artísticas como si fueran champiñones. El otro día, alguien me preguntó qué se podía hacer con el Conde Duque de Madrid, un sitio tan desolado que da miedo. Yo sugerí que se podía probar a instalar unas canchas de baloncesto, una piscina y un parque infantil cubierto en sus inmensos patios. De hecho, por lo que he podido ver, el MACBA es básicamente una pista de patinaje increíblemente cara. ¿Y si intentamos hacerlo a revés? Construimos una pista de patinaje barata y luego intentamos que los que pasan por allí se interesen por el arte contemporáneo.

 (Este texto es una versión ligeramente ampliada de mi respuesta a una interpelación que me hicieron desde el fanzine El Burro).

FUENTE ORIGINAL:  Periódico Diagonal (https://www.diagonalperiodico.net): “Más deporte y menos cultura”: acerca del documento 'La Cultura que Podemos'

LA BELLEZA COMO RECURSO HUMANO - BEAUTY AS A HUMAN RESOURCE

El atractivo físico es un recurso que depende del azar biológico y que por ende las élites no pueden acaparar

César Rendueles

Uno de los hitos intelectuales de la posmodernidad fue el renovado interés de distintas disciplinas académicas por el modo en que el cuerpo humano está atravesado por procesos de construcción social. Sin embargo, desde esta perspectiva se ha tendido a tratar la corporalidad como si fuera una especie de texto maleable a través de los discursos, una superficie de inscripción semiótica. El resultado es que los cuerpos analizados en algunos estudios culturales resultan extrañamente espirituales, seres de luz con una relación remota con nuestra carne mortal. La cara oscura del capital erótico se aparta de ese paradigma. Estudia el modo en que vivimos hoy nuestra experiencia corporal e intervenimos sobre ella, y lo hace mediante un análisis anclado en las prácticas efectivas de distintos grupos sociales. El resultado es un libro cada vez menos frecuente: un ensayo de sociología académica que cumple todos los requisitos de la literatura científica y al mismo tiempo resulta accesible e interesante para un público amplio.

El concepto de “capital erótico” fue popularizado por la socióloga británica Catherine Hakim en una obra muy polémica. En ella, Hakim partía de la tesis de Pierre Bourdieu de que para entender la desigualdad hay que tomar en consideración no sólo los recursos económicos, sino también el capital social y cultural, y añadía una cuarta categoría, el capital erótico, relacionada con el atractivo físico. Desde su punto de vista, se trata de un tipo de recurso que depende del azar biológico y que, por tanto, las élites no pueden acaparar: una persona pobre, sin estudios ni contactos sociales puede disponer de un importante capital erótico. Sin embargo, según Hakim, en nuestra época tanto elpatriarcado como cierto feminismo han estigmatizado la belleza femenina,impidiendo que las mujeres hagan valer esa forma de poder, muy en particular las mujeres de clase baja, que no disponen de otro recurso.

La cara oscura del capital erótico discute la teoría de Hakim analizando la belleza y el atractivo físico no como un dato biológico, sino como un campo cultural en disputa que los diferentes grupos sociales gestionan de distinta manera —en ocasiones con gran sufrimiento— en sus relaciones afectivas, culturales y, sobre todo, laborales. A través de una amplia serie de entrevistas y grupos de discusión, Moreno Pestaña saca a la luz la forma en la que mujeres trabajadoras con distintos niveles de cualificación desarrollan, cuidan y emplean su capital erótico. Estas estrategias no son, es cierto, puramente negativas, pero en muchas ocasiones tienen dimensiones dañinas y alie­nantes, como los trastornos alimentarios. También las políticas del cuerpo están profundamente marcadas por los conflictos sociolaborales contemporáneos.

La cara oculta del capital erótico. Capitalización del cuerpo y trastornos alimentarios José Luis Moreno Pestaña Akal Madrid, 2016 400 páginas. 24 euros

Referencias

1. Carlos Rendueles, sobre el Deporte y sobre el Cuerpo (Carlos Rendueles, about Sports, and About the Body). Universidad Complutense de Madrid.

Cita Original

https://elpais.com/cultura/2015/04/09/babelia/1428573624_086995.html (19 OCT 2016)

Cita en Rev Edu Fís

Carlos Rendueles (2019). Carlos Rendueles, sobre el Deporte y sobre el Cuerpo. (3).
carlos-rendueles-sobre-el-deporte-y-sobre-el-cuerpo-2732-sa-65db752d64f1ab

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